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Como nos engañan nuestros sentidos.

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Lo blanco puede ser algo negro disfrazado…

Nuestros ojos nos engañan: mientras uno te miente, el otro te oculta o ciega a la mente.

 …O del por qué le mueven la cola sus perros a El Filósofo Del Real de Catorce…

(Apólogo)

Cierto día, que andaba ‘de buenas’ el Filósofo del Real de Catorce, le dio su gana descerrajarles un discurso a sus perros, sus comparsas de travesía, su auditorio cautivo e incondicional. ¿Cautivos esos canes? Sí, como un rebaño cautivo de quien les apapacha y les aminora el hambre, pero ¿incondicional? …veremos.

Este filósofo, orador incorregible, nativo del Real de Catorce y habitante central del túnel Ogarrio temblorino, estaba ya por concluir su larga perorata sobre ‘sabe qué’ con su acostumbrada ‘sentencia sabia’, que así titulaba ‘modestamente’ ese parlanchín a las frases finales de sus monólogos casuales. Entonces llamó a su perro consentido, a quien le dio atinadamente como nombre “Concertino” pues era su segundo de ‘a bordo’ para dirigirle -de palabras- la última andanada. El oscuro catorceño, le apunta la lengua a la perruna cara y… dispara:

¡Qué terrible conclusión! -dice el filósofo:

La mente de cada uno de nosotros -¡de nosotros los humanos, pues!- es engañada eterna y fácilmente por cada uno de los sentidos corporales con los que nacimos. Asume nuestro cerebro una especie de actitud como la que adopta una crédula mujer, quien confía en todas sus fuentes de información y las considera fieles y hasta les llega a tener fe. Pero más tarde que temprano se percatan de que las tretas y espejismos que los sentidos les transmitieron, que hicieron al pensamiento de la persona concebir meras fantasía y entonces reaccionan de forma caprichosa, a veces hasta peligrosa y casi siempre, ciega.

Y remata por el fin el filósofo:

Por ejemplo, ¿qué decir del sentido de la vista? ¡Del mirar, pues!  Seguro, ¡ni cuenta! Y menos tu, perro concertino, perro vigía; pero mientras la mirada de un ojo te miente; la del otro, te engaña. La mente humana, se obliga a creer  en que son reales ambos puntos de vista y genera una verdad sintética y falsificada.

Pero el colmo de todo esto es que cada persona –dueña de todo su organismo que llama cuerpo (y que incluye a los sentidos sensoriales, por supuesto) de las diversas versiones que su mente crea y luego alberga, escoge la que mejor le cuadra y muy ufana, ‘se la cree’. Esto nos pierde, “Concertino”, esto nos pierde…

Pues, he dicho, mis amigos. ¡A caminar, pues! Tenemos que llegar a la Purísima antes de las seis.

Los perros le menearon la cola vigorosamente. El filósofo, agradecido tal como si estuviera disfrutando de un fuerte aplauso de sus congéneres humanos, de este gesto animal dedujo:

-¡Mira! ¡Qué contentos!… Creo que están todos me entendieron ¡…y están de acuerdo…! ¡No esperaba menos, pues!

Pero yo, el narrador de esta historia, quien soy el perro concertino de ese locuaz hablantín, les digo la verdad del momento:

Le pedí a mis compañeros perros a quien represento, que pusieran su cola -de un lado a otro- en movimiento, y con ello indicarle a nuestro guía y amo:

-¡NO, NO Y NO!

…No estamos de acuerdo.

Pero el movimiento de colas de perros cesó súbitamente cuando su amo premió la graciosa acción de los traseros de sus perros con un puñado de chuletas, que así le dice mi amo a lo que queda y nos da, luego que come y empanzurra… Así que mi intervención y labor de convencimiento perrunas, ya valieron una pura… Por ello describo esta queja, con amargura. Es obvio, yo no escribo, pero ¿tú que tal, amigo?

Atentamente:

“Concertino”, el perro consentido del Filósofo del Real.

Eduardo Manuel De La Cruz Maldonado. Octubre 29 de 2012.

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