LA AVENTURA DE JUANA GALLEGOS CABRERA

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La Aventura de Juana Gallegos Cabrera 

Una matehualense nacida en Miquihuana…  

Por Eduardo Manuel De La Cruz Maldonado, “El azote de los Magueyes” 

 

Quiero escribir hoy aquí sobre esta dama mexicana y como un homenaje a todas las mujeres que han emigrado desde Matehuala hacia tantas partes del mundo. En especial, para esas heroínas, que se van solitas o con tan solo una parte de sus hijos o familia… o quizá sin su pareja… o tal vez sin nada o sin nadie a quien llevar o dejar. Mujeres que se enfrentan a lo desconocido y que aunque ya fueron apercibidas de lo incierto de su destino y su gran sufrimiento, prefirieron ese gran riesgo que humilladas vivir…o morir. Algunas de ellas, padecieron hasta lo indecible -¡humilladas a tanto! ¿Acaso alguna de tales vejaciones, desgracias y discriminaciones podrían perdonar protagonistas como a las que me refiero? Tal vez. Pero olvidar… ¡JAMÁS! 

Parte I

Tiempos violentos

Juana Gallegos Cabrera, nació EN EL AÑO DE 1900, en Miquihuana, pequeña comunidad rural -ahora un modesto municipio- del sur tamaulipeco, al oriente del municipio neolonés de Dr. Arroyo, que en esa época era una hacienda, una de tantas que componían el panorama económico de dicha región, y que administraba su padre, Don Pedro Jesús Gallegos (No tengo plena seguridad del nombre de este señor, pues me hacen han dado referencias de él con ambos nombres). Su madre era Doña Matiana Cabrera. Todos eran oriundos de esa misma zona, lo que era común entonces en las personas. 

El Sr. Gallegos, responsable de mantener y organizar todas las actividades de la hacienda a su cargo, debió enfrentar responsablemente la suerte que el destino le tenía deparado al chocar con la “nueva cultura” traída por el porfirismo, cuya tendencia era desplazar y sustituir por las llamadas Compañías, Negociaciones y Corporaciones, el viejo esquema de cacicazgos que habían hecho y mantenido ricos a los entonces dueños de la tierra, los hacendados mexicanos –mestizos y criollos. Las nuevas Diosas de la Abundancia de la economía mundial, las nuevas formas de producción agrícola e industrial y las innovaciones en la organización y administración empresarial, eran la gran ensoñación del El Gran Caudillo de Oaxaca y su corte militar, y de la nueva clase política incrustada de extranjeros naturalizados, y de mexicanos formados educativa y culturalmente en el extranjero, principalmente en Europa, ahora en el poder.Pero, para los tradicionales hacendados mexicanos —ricos pero incultos, déspotas y esclavizantes, dedicados generación tras generación a sus ancestrales faenas del campo, las nuevas formas de generar riqueza no eran ‘digeribles’, ni siquiera por sus familiares y allegados ubicados en alguna de las pocas grandes ciudades de entonces.

Las nuevas técnicas, máquinas y materiales que deberían ‘desde cero’ aprender, manejar y administrar podrían podían haberles ‘cabido en la cabeza’ a gente tan aferrada a las ‘viejas pero conocidas’ maneras de trabajar el campo. Sus arraigados métodos agrícolas y ganaderos y las formas simples de administración de sus ‘negocios’, nunca les permitirían podrían haber comprendido lo que los nuevos inventos de la Revolución Industrial traían consigo y las consecuencias de su utilización. La máquina de vapor convertida en bomba, martillo; luego prensa y al fin en ferrocarril; la electricidad en sus aplicaciones como motor, alumbrado, telégrafo y teléfono, y al poco tiempo tantas otras máquinas y aparatos para hacer casi cualquier cosa serían los primeros ingenios que desatarían el pavor entre los hacendados de México. Por ende, menos aún podrían haber imaginado el futuro promisorio de los espantosos” automóviles, o del transporte motorizado terrestre y acuático. No sabían -y menos- querrían cambiar sus mulas y sus arados manuales, ni sus bueyes o caballos, ni sus carretas ni sus diligencias (carruajes de tracción animal para transporte de personas y bienes) por las nuevas técnicas agrícolas, sus métodos antiquísimos de cultivar el campo, ni la explotación comercial de especies vegetales y animales que ahora eran traídas de otras tierras.

Ademas, ahora ya no se requería de tanta gente para hacer las cosas. Ya en el vecino país del norte había un arado que no requería de bestia alguna preparar y hasta sembrar a la vez,  ni de quien se afanara en estarlo orientando con la fuerza física del campesino: el tractor (y no tardaría mucho en inventarse la máquina cosechadora). Lo peor, ya desde esos días empezaba a dejar de requerirse de administradores de hacienda, mejor dicho de tantos, —uno por hacienda, pues la comunicación y transporte de personas, voz y señales empezaba a hacer casi omnipresentes a los patrones que solo necesitarían acaso a solo un administrador por heredad. Tal crisis desató las guerras revolucionarias del siglo XX, la Revolución Mexicana, la primera. Y este conflicto puso la muestra en el enojo de los hacendados y comerciantes del mundo de entonces, despojados del poder y desplazados de la riqueza desde el siglo anterior, primero por los ingleses y luego por los norteamericanos.

Tal desgracia afectaba también a sus peones, esclavos de hecho. Fueron desplazados y expulsados de las haciendas, que por generaciones fue su lugar de cobijo y resguardo. Sin  embargo, esta enorme masa de gente no se sentía despojada de nada en sí.  Ellos ya habían sido despojados de sus tierras y de su futuro desde mucho antes… desde la Conquista Española.

Pues en medio de ese caos y nuevas desgracias creció Juanita, la niña Gallegos. Y cuando esta hija única tenía 10 años, se desató la Revolución. Hambre y muerte en todo México. No había quién ni qué sembrar. La seguridad y la economía familiares se fueron mermando. Lo aislado del lugar donde vivía Pedro y su familia los resguardaba de estar en medio de los grandes combates, pero no de las gavillas de asaltantes y rebeldes sin partido, que tomaban a las haciendas como bodegas de abastecimiento para satisfacer todos sus hambres, incluyendo esos apetitos que no se satisfacían con la comida. Era el momento de ir a una ciudad resguardada. La más próxima a Miquihuana, era la señorial Matehuala… Parte II

 

 

Éxodo

Un día de 1918, se quedó sin trabajo el padre de Juana, la señorita. El mandamás miquihuano y su familia salieron inmediatamente, vía Matehuala, para la Ciudad de México. El Sr. Gallegos había quedado bien relacionado políticamente con ciertos gavilleros años antes, en 1913 para ser precisos, cuando los restos de una columna de maderistas “pasados” a villistas —encabezados por Jesús Dávila y Ernesto Santoscoy, se refugiaron y apertrecharon en la Hacienda de Miquihuana, con sus casi cuatrocientos efectivos de Caballería, escapando de Matehuala, donde el ejército Constitucionalista había recuperado la plaza, luego de que estuvo ocupada y saqueada por los ex-villistas arriba citados, tras casi un mes de sitio y otro bajo control de estos rebeldes.

Irónicamente, debió emplear el tren de Matehuala para ir a la Ciudad de México. Si, en ese maldito ferrocarril, en ese verdugo metálico, el mismo que lo dejo sin trabajo. Debió abandonar Miquihuana y atravesar la serranía sudoccidental de Tamaulipas en carreta a tiro de mula, pasando de hacienda en hacienda hasta el Valle de Matehuala. Ya allí, debió pedir posada en las haciendas de Albercones, San Gregorio, La Peña y De La Carbonera, si es que siguió la “ruta de abajo”, o bien, la de “por arriba”, atravesando hasta el valle oriental de Matehuala, donde estaría de paso por las Haciendas La Bonita, El Estanque de los Caballos,  El Arroyo Colorado, y la Hacienda de Bocas, para ir bordeando a Matehuala, y pasar desapercibido por las haciendas, quintas y huertas. La accidentada travesía debió acabar en Las Norias de La Cabra, parada de abastecimiento del tren de Matehuala, antes de su paso por Cedral y luego hasta Real de Vanegas, para cargar agua y agregar los carros de transporte de mineral, cargados allí desde los carritos de carga procedentes de las minas de Santa María de La Paz.

En cuanto se establecieron en la Capital, el señor Gallegos fue a hacer valer sus “méritos” con sus antiguos contactos villistas, empoderados ya en la Capital de México, conviviendo en tensa coalición con los zapatistas. La señorita Juana, quien había aprendido a hacer cuentas en la escuela de la hacienda, empezó a prepararse como secretaria. Empezó a tomar clases de mecanografía en una academia. Enseguida su padre le consiguió un trabajo en las oficinas del Gobierno Central. Fue un breve período de relativa tranquilidad para los Gallegos en la Ciudad de México. No obstante, en el país seguía la revuelta. En 1919, tras la muerte violenta de Emiliano Zapata, los generales sublevados con el Plan de Agua Prieta deponen a Carranza. El Gral. De la Huerta asume el cargo de presidente provisional, convoca a elecciones y seis meses después entrega el cargo al sublevado principal, el Gral. Álvaro Obregón Salido, quien resulta electo Presidente de la República en 1920. No obstante los insoslayables logros políticos, económicos y sociales obtenidos por De La Huerta en los diversos cargos que desempeñó bajo su breve período (logró la capitulación de Francisco Villa, y de los zapatistas) y luego después bajo el régimen de Obregón, éste no lo “ungió” como su sucesor.  Inconforme, buscará entonces el momento para sublevarse.

Antes que las cosas empeoraran, el Sr. Gallegos puso a salvo a su familia enviándola de regreso… ¡a Matehuala! que aún era una plaza controlada por el ejército constitucionalista. El Sr. Gallegos tendría a sus dos joyas muy cerca de Miquihuana, otra vez.

Era la primera vez que el Sr. Gallegos se separaba de su familia y la primera en medio de una guerra civil. Los riesgos al viajar eran muchos y muy altos. Quizá el Sr. Gallegos estimó que la guerra tocaba a su fin pues todo parecía indicar que la fase violenta del movimiento armado había sido descabezada. Seguramente el antiguo administrador miquihuano prometió a su mujer y a su hija una pronta reunión con ellas. Todo fue un mar de incertidumbres. Matehuala, desde 1921 fue el nuevo refugio de la familia Gallegos Cabrera; una familia a la espera de su único sostén, su padre… quien ya jamás regresaría, al menos, no con su familia.

 

Escapando del Infierno ayudadas por Ángeles

Tal vez aquí hubiera empezado otra historia, una historia con final feliz, pero en mayo de 1920 el Presidente Carranza, depuesto como presidente, desconocido por Villa y los zapatistas sobrevivientes andaba a la defensiva por Puebla y Veracruz… y al fin fue emboscado y ejecutado por allá… ¡y otra vez se soltaron los balazos!

Es probable que el Sr. Gallegos se hubiese incorporado a las fuerzas villistas una vez confirmada la llegada a salvo de su familia en Matehuala, toda vez que perdió sus apoyos políticos y económicos en la capital mexicana. Estos grupos y gavillas, al poco tiempo quedarían disueltos, dispersos y muchos de ellos recompensados con tierras y haciendas, empezando por el mismo Pancho Villa. Pero si Gallegos no hizo eso, quizá entonces se haya alineado con el ejército constitucionalista, o sea, con el mismo bando de fuerzas que resguardaba a Matehuala, primero carrancista, luego delahuertista y en el futuro obregonista.  Pero son puras especulaciones. Había tal caos, tantas venganzas y tanta sangre, como para poder establecer con claridad si sobrevivió al final.

Sin embargo, por relatos a sus familiares por parte de ciudadanos que vivieron en esa época, nos han referido los andares por Matehuala de un tal Pedro Jesús Gallegos. Según ello, esta persona llegaría a Matehuala tras el final de la Guerra Cristera. Con su familia perdida, con su salud menguada y en una ciudad que lo desconocía. Con los pocos recursos que le podrían haber quedado, se estableció en la pujante ciudad que sería llamada en su Cuarto Centenario como Ciudad de las Camelias por el maestro cerritense Ángel Veral. Pronto aparecería en su tienda de abarrotes, cierta quinceañera matehualense, del barrio de El Santo Niño o de El Niño Jesús, según sea la versión, y con ella viviría hasta el término de sus días.

[He aquí lo que he podido indagar, pero que conste: podría ser solo una coincidencia de nombre o apellido. Entonces, el Sr. Gallegos sería un hombre blanco chapeado, quien solía usar chaleco, sombrero de paja o lino y reloj de cadena. El decía, quizá para despistar, que había tenido una hacienda, ubicada “más allá de Villa de Guadalupe”. Este oscuro personaje tendría una tienda de abarrotes, cerca de la Escuela No. 4 (del Sector 4 de la ciudad). Estaba su tienda relativamente cerca de los abrevaderos de las mulas y caballos de carga, transporte indispensable para los pesados costales de ixtle, cargados con diversos minerales raros o preciosos. Y Mucho más cerca aún de las bodegas de acaparamiento de tales minerales.

¿Cómo era Matehuala al final de la Revolución? Para 1923, asesinado Francisco Villa en Parral, Chihuahua, Matehuala, ciudad potosina reaccionaria, se convierte otra vez en la manzana de la discordia. No es dinero lo que los rebeldes buscarían ahora, necesariamente. Ya no valían los billetes; ya no había monedas, oro ni plata. No había… o estaban bien enterradas. Ahora, los ejércitos de cada bando andaban en la pura leva (forma breve de la terrible expresión ‘levantadera’ de gente) que era el literal secuestro de personas, “de gente ‘quienfuera’, niños y mujeres” para pelear para su bando. Ya había casi un millón de gentes menos en nuestro México (se estima en la actualidad que un millón de personas murieron durante todo el conflicto armado). Álvaro Obregón favoreció a otro militar, al Gral. Plutarco Elías Calles como su candidato para sucederlo en el cargo, cosa que no agradó a un tercero, al Gral. Adolfo de la Huerta (quien acabada de entregar el cargo de Presidente Provisional a Obregón, luego de ser presidente sustituto de México a la muerte de otro general-presidente, Venustiano Carranza) y se levantó en armas contra éste. Para ello, los Delahuertistas se instalaron en las ciudades clave, como lo era Matehuala y empezaron las hostilidades. Al año fue sofocada la insurrección de este rebelde ahora ‘juyído a los yunaítes’ con la ayuda de sus leales de Matehuala y de otras ciudades norteñas. La Guerra Cristera estaba en su plenitud y entre estos rebeldes  se fraguaría desde esta ciudad un magnicidio. Un cristero matehualense que vivía cerca de la Plaza de Armas -por la actual calle de Ocampo- José de León Toral, ajusticiaría cinco años después a Obregón, bien comido y servido en la Hacienda de la Bombilla, en San Ángel, en la Ciudad de México. Ya entonces era por segunda vez presidente electo (Sorpresa: este general-presidente logró que el poder legislativo modificara la Constitución para poder reelegirse).

Del Averno a la Tierra Prometida.

 Ahora volvamos a 1920 con Juana Gallegos y su madre. Para ellas ya no había tiempo que perder. Con su padre o sin él, era el momento de abandonar México y emigrar hacia los Estados Unidos de América. Se informaron con ciertos miembros del gremio patronal matehualense, que sesionaban discretamente como grupo social en el casino de la Sociedad Mutualista, pues ellos eran el medio para obtener un salvoconducto, recurso muy utilizado entre la gente adinerada para mantener el abasto de mercaderías en sus negocios.

Pidieron el apoyo logístico y financiero para la travesía con amigos, vecinos y gente piadosa, así como la guía y orientación de ciertas monjas procedentes de Texas, cuya misión era establecer en Matehuala una escuela de artes y oficios. Todos le recomendaron la conveniencia que la Srita. Juana, ya en edad de merecer, se fuera sola a San Antonio, Texas, pues no había dinero como para costear el viaje de ambas. Allá la esperarían gente conocida y familiares de las nuevas amistades matehualenses quienes le ayudarían a establecerse. Y así sucedió. Salió inmediatamente. Su madre, se quedaría en casa de una amiga, esperando todavía por su marido… ¡y ahora también por su hija, su única hija! 

Parte IV                                                               

…Del día en que dos caprichosos arroyos formaron un nuevo río, allende el Río Bravo.

Dos eventos casi simultáneos ocurrieron en Matehuala en 1920. Una familia llegaba de improviso a nuestro terruño y otra, quizá unas horas después, la estaría dejando…y para siempre. Llegaban a la ciudad Juana Gallegos y doña Matiana, su madre. Partiría de ella una familia matehualense -una familia entera- la familia Valadéz, quien no soportó más las pérdidas en sus negocios a causa de la escasa compra-venta, los frecuentes robos, asaltos de gavilleros y las ‘peticiones’ de crédito de clientes y guarniciones militares en turno, que nunca volvieron para saldar sus deudas.

Cuando los Valadéz partieron, su refugio previsto era el puerto de Tampico, estratégica ruta de escape para dejar nuestro país e ir al resto del mundo…y no volver. Pero no sabían la gran diferencia en el estilo de vivir de un turbulento puerto y la tranquila Ciudad de las Camelias.

Los Valadéz no se habituaron a la vida costeña y su clima, pero además, tampoco les agradaron los rumores que corrían en el sentido de que los “gringos” volverían a invadir al puerto de Tampico y al de Veracruz como habían hecho seis años atrás. Las malas noticias desde Europa, sangrada por la recientemente Guerra Mundial (la Primera) y sobre todo, de la Madre España, en Guerra Civil, los hicieron desistir de su intención de instalarse en Europa. Por lo tanto casi un año después, empacaron sus cosas y se fueron a vivir a Monterrey, su nueva ruta de escape, ahora hacia un país extraño, pero próspero y que le abría las puertas a los emprendedores. Y de esta ciudad norteña, “La Ciudad Que No Duerme” emigraron hacia los Estados Unidos, viajando por tren para establecerse en Houston. Corría el año de 1923, curiosamente el mismo año en que Juana Gallegos emigraba desde Matehuala hacia San Antonio.

Las comunidades México-americanas en San Antonio, acogieron bajo su protección a Juana Gallegos, como también le pasaría más tarde a Adolfo, el hijo mayor de la familia Valadéz. Ocurre que este joven, no encontró trabajo que le agradara en Houston, ya considerado desde entonces el centro petrolero del país norteño. Él prefería un tipo de trabajo más afín con sus habilidades y además…no quería alejarse de su país, de su familia y de aquella ciudad perfumada de camelias entre dos cerros, donde él tenía todas sus amistades. Así que llegó a San Antonio y se acomodó en una casa de huéspedes para emigrantes mexicanos. Le apoyaron los paisanos de allá en la búsqueda de un trabajo que le cuadrara y de este modo el joven herrero entró a trabajar en una empresa llamada “Álamo Iron Works”, dedicada a la construcción de estructuras metálicas de herrería y otros trabajos civiles y arquitectónicos (esas carreras ya existían oficialmente en los USA).

Las comunidades de emigrantes mexicanos, como los de otras nacionalidades organizaban toda una cadena de eventos y de organismos que buscaban la protección e integridad de sus familias, pero también de la conservación de su ambiente social, cultura, idioma, dialectos y religión. Este fue el ambiente de añoranza, de búsqueda y de conservación de la identidad mexicana, lo que provocó que Juana y Adolfo se interesaran en participar en uno de esos estrechos círculos de emigrados potosinos — y matehualenses por añadidura. Allí fueron presentados, allí también se enamoraron… Se enamoraron tanto y tan rápidamente que al poco tiempo… se decidieron casarse. 

Parte V

Viajes a Tierras Santas

En marzo de 1927, Juana fue hasta Matehuala a “rescatar” a su madre doña Matiana Cabrera, de un México convulso ahora con la Guerra Cristera, que la dejó desamparada del apoyo cristiano que recibía de amistades que ahora andarían a salto de mata al grito de “Que Viva Cristo Rey”. A finales de abril de 1927, la suegra en ciernes ya se encontraba en la capital tejana para la petición de mano de su única hija, Juana. Por otra parte, la familia del novio debió viajar las 200 millas que hay desde Houston a San Antonio —durante una 14 horas, en una travesía invernal, lluviosa y fría, dentro de un country car (vagoneta, carro campestre).

Juana Gallegos y Adolfo Valadéz se casaron en San Antonio, Texas, en su Catedral, el 14 de enero de 1928. Tenía seis meses de haber sido ajusticiado Álvaro Obregón.

Al fin se presentó un remanso en el río de la vida de nuestros personajes. Juana pronto se convirtió en madre de tres hijos: dos niñas, Cristina y Ninfa y un niño, Adolfo. Doña Matiana, viuda sin serlo pero que nunca habría de saberlo, tenía ahora una familia política sólida y trabajadora a quien acogerse. Juana, sin una figura paterna que tomar como referencia, ahora tenía un esposo protector, Adolfo. Éste obtuvo como esposa a una verdadera joya, tenaz y pulida a golpe de adversidades.

Con un hogar seguro y una situación económica estable y decorosa, pudo por fin hacer planes para ir en viaje de ida y vuelta a visitar a sus parientes y amigos de la infancia — todos en Miquihuana y a sus amigos, casi todos en Matehuala. Al menos una vez al año y antes de que entrara el invierno o el verano, organizaban el viaje en tren desde San Antonio hasta Matehuala. Y luego una segunda travesía, hasta Miquihuana, en calandria y carretón al principio pero luego en la parte trasera de un camión de redilas, en cuanto hubo ruta para autos motorizados.

En la primavera Juana dejaba a su marido trabajando en San Antonio y se venía a pasar Semana Santa a Matehuala. De seguro fue de excursión a las huertas de “El Carabanchel” de los Maldonado López o “El Corcel” de los Arzola en Cedral, de las siembras de maíz, viñas y duraznos en flor del Ojo de Agua. Tal vez no fue al manantial de la Maroma o a los sabrosos aguacates de cáscara comestible de San Bartolo (tardadas excursiones en camión, entonces de moda) pero si al “lago” de El Estanque y parajes aledaños, como la Estancia de La Cabaña, cercanos a las quintas de sus amigos. Un paseo similar realizarían en cada visita a su natal Miquihuana, con toda seguridad. Años más tarde harían estas travesías desde “más pa’dentro de los Junaiti-esteis”, para ser más precisos desde Del Monte, en el Estado norteamericano de Wisconsin.

Por otra parte,  cuando las visitas eran en el invierno, entonces si podía acompañarla su marido Adolfo.  En tal caso, el tiempo se repartía entre los amigos inolvidables de Juana y doña Matiana por un lado y toda la parentela y amistades de los Valadéz por la otra.

Con el paso del tiempo, los hijos crecieron, estudiaron, se imbuyeron en la cultura tejana, Perdieron gradualmente -pero no del todo- su apego a sus raíces mexicanas, pero sin aborrecerlas. Debieron solidarizarse con sus conciudadanos durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, resuelto el conflicto, reanudaron sus lazos con matehualenses y miquihuanenses. Un logro a largo plazo de sus padres.

Y para muestras… un botón: la mayor de las hijas de Juana Gallegos, Cristina Valadéz, se propuso participar en los Festejos para celebrar el Cuarto Centenario de la Fundación de Matehuala y su grupo de amigas la inscribió para el Concurso de Embajadoras para elegir a la Reina de esa importante conmemoración. Participó en diversos eventos para recaudar votos y fondos. Se enfrentó a otras bellas participantes. La lucha fue encarnizada en la Plaza y en los salones de la Mutualista y en los clubes sociales de entonces, El Español, ubicado en la esquina de Méndez y Cuauhtémoc, en el recién fundado CITEMSA al comienzo de la Calle de Morelos…

Y menciono con pena ajena, que aquí les salió el nacionalismo a los paisanos e hicieron ganar a la candidata ‘nacida en Matehuala’, la Srita. Ana María Barba, resultando perdedora, junto con otras candidatas -sorprendentemente- la más desenvuelta y acreditada tejana, Cristina Valadéz, Embajadora por San Antonio.

Cristina no pasó a la historia de Matehuala, pero, recientemente, la epopeya de su madre se convirtió en una historia prototipo para el mundo. Las aventuras encadenadas de sus ancestros de tres generaciones han resultado como un ejemplo muy particular de un tipo de migrante, de aquél que a pesar de haber sufrido cruentos acontecimientos durante su exilio y emigración, no pierden el respeto y el amor hacia sus raíces, ni se convierten —como ocurre, por ejemplo, con los cubanos emigrados— en detractores y enemigos a muerte de su propio país de nacimiento. Juana Gallegos logró transmitir a sus hijos ese estandarte y coraza espiritual. 

Una de las más famosas instituciones culturales de los Estados Unidos de América, The Smithsonian Institution, así lo reconoce y lo publica además.

EPÍLOGO

Camelias para el Mundo

La historia que hemos narrado sobre Juana Gallegos, describe solo la parte pública de su extraordinaria aventura. Quiero ahora dirigirme a tí, querido lector o lectora:

¿tendrás acaso en la historia de tu vida cosas que compartir en común con la de los personajes de esta historia? 

¿Será un relato similar el que describiría la historia de cuando tú o tus padres o abuelos se aventuraron a ir -“pa’l otro lado”-?

¿Será tal historia recordada entre sus más jóvenes descendientes?

 ¿Será tal, un relato emocionante, una serie de eventos y acontecimientos imborrables, tal vez tristes, quizá con irreparables pérdidas, o bien de sucesos bonitos que han significado para quien los experimentó, los cambios cruciales que ahora goza? 

De ser así, ¿qué me podría decir si comparamos las antiguas proezas de sus ancestros con las que actualmente nos cuentan aquellos que sobreviven a las emigraciones modernas?

 

 

Epílogo 

 

 

Juana Gallegos Cabrera se mantuvo visitando sus dos terruños durante en vida de su madre, más tarde, en grupo con sus hijos; luego solo acompañada de su marido, y al final, ella o sola, mientras la salud y la vida se lo permitió. Sus hijas y su hijo se integraron a su nuevo hábitat dentro de la sociedad y  cultura norteamericana —camelias de Matehuala para el mundo. Después de 1979 ya no volvimos a saber de Juana, no la volvimos a ver descender de algún avión jet en Monterrey; pero se le veía aún caminar aprisa y bien derechita…a sus 79 años. 

¡Cuánto darían algunas familias de acá por ser recibidas allá como lo fue Juana en su aquella, su primera travesía! 

¡Cuántas familias de allá desearían llegar a Matehuala y encontrarse aquella ciudad que añoraban al terminar sus faenas… con sus “condoches” y “gorditas”; con sus puestos de “menudo” [caldo de ‘panza’ de res’], de barbacoa, de morcilla,  con aquellos tacos de queso ‘de banqueta’ –antecedentes de las enchiladas potosinas… y sus afamadas pulquerías!… ¡¿Qué ocurrió en la Ciudad de las Camelias, plagada de cervecerías a bordo de calle, de jaurías de jóvenes y menos jóvenes malgastando los dólares que tantos riesgos y humillaciones le han costado a sus parientes “del otro lado”?! 

¡Creo que no deberíamos permitir que se cultiven cardos ni malas hierbas que asfixien, sobajen y maten a nuestras camelias, ni aquí en Matehuala, ni parte alguna del mundo!

F   I   N

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