Archivos Mensuales: octubre 2005

EL PINTOR

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EL PINTOR

Publicado originalmente en mi BLOG de spaces.live.com el 13 octubre, 2005 por Eduardo Manuel De La Cruz Maldonado y posteriormente en las páginas del periódico diario “EL IMPARCIAL DE MATEHUALA, Defensor de la Comunidad”.

Hace tiempo, me llamó mi abuelo a sus aposentos, de acceso exclusivo solo para sus invitados especiales, como yo, su único nieto hasta entonces. Me invitó una “prueba” de ajenjo. El se sirvió un “fuerte” del que tomó un sorbo, me pidió que me acomodara en el sillón de la abuela y me anunció: “Hijo, te voy a hablar de Carlos, una persona a la que tal vez hayas visto por ahí, pero a quien quizá no seas capaz de reconocer a menos que pongas toda tu atención en esta historia.”

Mas no alcancé a terminar mi automática pregunta sobre de a qué Carlos se refería, pues, sin más preámbulos, junto sus manos por la espalda y empezó su relato:

Pues bien, Manuelito:

Te voy a contar la historia de Carlos, hijo único de una joven viuda, pero que rodeado de afecto creció en medio de un ambiente feliz, libre de preocupaciones. Su madre procuró siempre, quién sabe con qué esfuerzos y sacrificios, darle a ese varoncito lo que a su buen corazón y entender le indicaban mejor:

-la mejor escuela, la mejor ropita, sus mejores ‘apapachos’. No había cosa que aquel niño, no pidiera y consiguiera.

Pasó el tiempo y de ser un púber fue convirtiéndose en un apuesto joven de modales exquisitos y gustos refinados. Todo un bombón. Era el máximo tesoro de mamá, y su orgullo y el futuro esa familia de dos elementos, todo en uno.

Llegó el día en que su madre, con el corazón contrito, tuvo que enfrentar la realidad:

Aquel hijo, su hijo, su único hijo, debería empezar a aprender a volar. Y a volar solo. Debería ella misma soltarlo de su mano y animar su primer intento. Se sirvió entonces de sus amigos de confianza para introducir al novato en las rutas de la vida.

Lo llevaron a presenciar en los juzgados, grandes lances de jurisconsultos. Fue presentado en los bancos, donde presenció algunas Juntas de Consejo. En uno de éstos, su presidente, que fuera amigo del difunto padre y padrino de aquel joven, le prometió incluirlo en alguna de sus empresas, si al término de sus estudios universitarios el muchacho se decidiera por la carrera de los números.

Por otra parte, fue invitado a presenciar la actuación del médico de la familia en cierta difícil intervención quirúrgica, en un parto, que el Dr. Betancourt, discípulo de aquél, atendería esa misma tarde. Por nada de ello se interesó.

Regresó a casa, hastiado y aburrido. Ahora solo y sosegado en sus aposentos, se recostó en la enorme cama, mirando hacia el techo, allí donde las telas del dosel se convertían en un extraño nido, y se quedo dormido.

Llegó el nuevo día. Una feliz mañana. Como todas. Como todas siempre le habían sonreído. Y Carlos, dormido…

De pronto, sabrá Dios por qué y por dónde, en aquella cámara obscurecida por opacas cortinas un rayito del sol se logró colar, atravesando toda la habitación hasta un tocador de costosa factura. El luminoso intruso se posó precisamente sobre el ondulado canto del espejo biselado, provocando una serie de reflejos con sus rayos, uno de los cuales alcanzó los ojos entornados del joven, despertándolo. Recuperado de su sorpresa, luego de su capacidad de raciocinio, aquel muchacho quedó por un buen rato extasiado con el show de iridiscencias desatado por los rayos que surgían del perfil del cristal de Bavaria de aquél mueble: un espectáculo que se le pareció mágico y celestial. Tal visión, quien lo diría, decidió su vocación.

Así fue el nacimiento de este artista, ” y sería el mejor de todos.” Bueno, eso se lo decía él para sí mismo… sería lo menos que su madre esperaría de él. ¡Y Eso era suficiente motivo para ir a hacerlo!

Se preparó para el almuerzo con su mejor bata y muy entusiasmado se presentó en el comedor. La madre recibió a su príncipe Carlos como siempre, como había sido siempre. Y ese hijo, -su único hijo- se aprestó a darle a conocer su decisión.

“¡Seré pintor, madre!

Sorprendida, a la vez que feliz y preocupada, la viuda mujer y madre respaldó la manera en que volaría del nido su aguilucho con un sí muy reservado.

Sí, pues aquel joven, ahora inquieto, le prometió a su madre que se prepararía con tesón y entonces buscaría por todo el mundo, una escena tal, que plasmada en un lienzo le traería como si fuese un título doctoral, en marco de oro.

La madre no encontró el momento de sosegar a su hijo. Iba a decirle que no era necesaria tal promesa, que ella se conformaría con que pintara para ella tan solo un pequeño relicario Y que si de verdad quería hacer algo por ella, pues bien, entonces pediría…bueno, ya se lo diría en otro momento, ahora…¡Era la euforia! ¡A festejar la decisión del “bebe”! ¡Sí, de su bebé!

Era muy afortunado que en Matehuala, lugar en que vivía esta familia, hubiese ya una buena Escuela de Artes. ¡Oh sí! Frente al Estudio de Don Jesús Estrada, por a’nca los famosos sastres de sociedad, los Sres. Mayorga, en la Sociedad Mutualista U.P. y T.

Allí inició el vuelo aquel aguilucho…

Carlos, acostumbrado al bullicio y a la adulación, más pronto que temprano, encontró que el taller de su maestro era triste, aburrido y -aunque de enormes proporciones- para él era estrecho y limitado: “¡Como una jaula, sí señor!”

Carlos, “El Pintor” como ya así lo presumía su madre, se presentó ante ella, para comentarle:

-“Madre, necesito viajar, ir a otras latitudes. Lo que aquí he visto desde niño ya me aburre. No encuentro, aparte de mi gente y tus amigos, quien critique mis obras. Soy el mejor, lo sabes. Ni contra quien compararme. Pero además, no he encontrado ese paisaje, esa marina, esa montaña…en fin, cierta imagen que me haga estremecer a primera vista, para luego convertirla en la joya pictórica que prometí dedicarte”.

Tras un intenso pero breve diálogo la madre acepto el nuevo capítulo de la aventura. Carlos ya había preparado sus maletas, seguro de convencer a su ilusionada progenitora.

El muchachito se despidió a las carreras…y se fue. Otra oportunidad perdida para aquella madre, que pospuso nuevamente, su pequeño relicario o bien su… bueno, para que pensar en ello otra vez, ya luego regresaría.

Al cabo de un día, Carlos llegó a San Luís Potosí, Capital del Estado, y allí se instaló…por un tiempo nada más. Luego avisaría a su madre, en breve telegrama, que seguramente sus oraciones -las de ella- y sus relaciones -las de él- habían dado frutos. Que había sido llamado a integrarse a la elite artística de la Capital del País. Que pronto le escribiría y como posdata final, que la egregia obra prometida aún no se gestaba, pero que ahora ya tenía una idea…

Pasó el tiempo. Casi dos años. Breves llamadas y ramos de flores enviados por encargo eran recibidas con algarabía, por aquella madre viuda, viuda desde joven.

Un día, esta dama recibió una llamada telefónica muy particular. Era Carlos, que en medio del bullicio de un gran evento le avisaba que partía hacia París, la Capital Mundial del Arte. Que ya le esperaban allá. Que estaría con la flor y nata de las Bellas Artes. Que ahora sí tenía al alcance el paraíso del arte donde de seguro encontraría aquella musa que le llevaría a la mágica escena que entonces pintaría para ella. Que ahora sí, más que nunca, estaba a su alcance el éxito. Y qué mandaría por ella dentro de poco si no regresara.

… … …

Vinieron y se fueron varios inviernos. Las esporádicas llamadas al terruño eran meros avisos de posposición de fechas de retorno. Luego, ya ni las hubo.

Cierta mañana, llegó a una finca de París un viejo banquero. Traía pocas maletas. Anunció su presencia al adusto mayordomo. No espero mucho tiempo.

Allí, en la sala principal de aquella quinta un alegre ahijado recibió a su padrino de bautismo….Con su actitud festiva, Carlos escondía realmente las terribles preguntas ahora lo turbaban: ¿A qué venir de tan lejana ciudad? ¿Llegaría tan pronto hasta allá su fama? ¡Ah! ¡Y su mamá…!

El visitante fue directo al grano. Le preguntó sin más, porqué no regresaba al terruño, después de tantas promesas.

Y Don Carlos El Pintor, ahora con signos de batallas perdidas con el alcohol -o vaya usted a saber qué- manifestaba a su viejo padrino la misma y vieja causa de su ausencia.

-No encuentro esa escena que me agite, que me provoque un alucinante ataque al lienzo… le persigo pero se me esfuma… le busco, pero se me esconde.

Y aquel viejo, se yergue de pronto del sofá. Empuña su bastón y le espeta:

¡Pues a eso vine! ¡A llevarte al sitio que has buscado y jamás hallaste!

¡Te tengo ya el paisaje, la escena, el momento apropiado!… ¡Y la luz, y el personaje…!

Y el pintor, hundido en su fantasía, tras cada indicio que su padrino dibujaba, como un hipnotizado, solo balbuceaba:

-¿Será en Londres? ¿O tal vez Japón? ¿Será en el Danubio o el Rin? ¡Seguramente es Rusia…!

¡No!, exclama el viejo. ¡Maldita sea, qué ciego eres!

¡Es tu madre…!

¡Ven y pinta el retrato de tu madre, desgraciado!

¡Pinta a esa vieja enloquecida por el dolor de tu ausencia!

¡Pinta a esa madre que solo quería pedirte un beso, cuando te despediste!

¡Pinta a esa santa que cada noche levanta como puede esa mano informe y balbucea con tu nombre una bendición!…

… … …

Mi abuelo hizo una repentina pausa, me dio la espalda y se fue a la ventana de aquel salón que era su recámara. En ese momento me di cuenta de que en su interior había muchas más cosas que libros, fotos y un montón de antiguallas. Sí, había unos cuadros con hermosas pinturas y empecé a buscar algo…

Mi ‘abue’, mi gran amigo, tenía su mirada perdida en la distancia. Pero… como si tuviese ojos en la espalda, acertó en que yo andaba indagando por los muros y sin voltear a verme, con una voz cuyo timbre jamás había escuchado, me dijo:

“… Pues Manuel, hijo: tal pintura existió. La imagen de esa madre ciega, en interminable espera se plasmó con un gran realismo en un cuadro que luego fue muy aclamado. Y has de saber que, cierto día, ese cuadro desapareció. Y nunca quedó claro qué fue lo que ocurrió en casa de su creador y único dueño…

Esa obra ha sido buscada en todas partes por muchas gentes. La pretenden ciertos personajes. La quieren poseer grandes museos, y algunas famosas galerías… Nunca ha sido hallada.

-Oye, abue’, ¡oye!- Al fin logré interrumpir a mi querido abuelo, un conversador empedernido:

¡No me digas que tú SÍ la encontraste, abue’!

El abuelo, recompuso su pose y ‘tomando aire’ farfulló:

-¡Hay, hijo! …¿Para qué querría buscar una pintura, si tengo –como ves- tantas?

¿Para qué tenerla, si es tan codiciada? Agregó. Me expongo a que me la roben, Manuel. Quizá por ella hasta maten esos canijos.

¿Y por qué la quieren tantos, abuelito? Dices que en él se mira a una mujer santa, pero también loca y ciega. A lo mejor también era fea ¿o no, abue’?

Manuel, hijito, esa mujer era una santa, pero no estaba loca. Y estaba ciega. Pero no te dije nunca que fuera fea. Ella, era una mujer bella, ¡muy bella…!

La voz de mi abuelo se desvaneció entre el murmullo de las actividades del vecindario trabajador de mi barrio matehualense, cerca de la Capilla del Niño Jesús. La sierra y el martillo de Don José Banda, el molino mezclador de pólvora de la ‘cuetería’ de Beto, el carretón lechero de Don Pioquinto que ya estaba de regreso y la música de José Alfredo en la pulquería de Don Fabián,  no indicaba que la ciudad entonces se disponía ya a dormir.

Bueno, Manuelito, ya platicamos. Ya solo te falta ir con tu mamá para que meriendes y te vayas a dormir oyendo –‘en’ la radio- a Cri-Crí.

Pero, ya camino a la puerta de aquel templo entre divino y pagano, todavía le pregunté a mi único amigo viejo:

“¡Oye…! ¿Y quién era el tal ‘Carlos’?”

Mi abuelo, dejó de ver el horizonte. Giró lentamente hasta mí, sentado en el sillón de la abuela, posó su firme mirada en mis ojos y me contestó:

“…Olvídalo, solo se me ocurrió ese nombre, no es de nadie…”

La voz de mi abuelo se desvaneció otra vez, y en ésta si se perdió entre el murmullo de las actividades del vecindario trabajador de mi barrio matehualense, cerca de la Capilla del Niño Jesús, que esa tarde, llamaba su campana para la oración. La sierra y el martillo de Don José Banda cesaron su ruido, en su lugar ahora se escuchaba, melancólico, su saxofón. El molino mezclador de pólvora de la ‘cuetería’ de Beto ya no ronroneó, pero empezaron los siseos de los ‘cuetes’ y ‘luces’ y bengalas de prueba. El carretón lechero de Don Pioquinto, ya tendría a sus mulas descansando en San José de los Sotoles, pero la música de José Alfredo y el falsete de Miguel Aceves Mejía motivaban ahora los gritos ‘ayayayes’ de los borrachos pulqueros de Don Fabián. Todo indicaba que la ciudad entonces se disponía a dormir, a la espera de la siguiente mañana, en que Matehuala renacía, crecía y ‘la hacía’ en esos tiempos, cada vez mejor.

Llegó el día en que mi abuelo murió. Y entre tantas tristezas, como un póstumo regalo de su parte, recibí una serie de cosas como recuerdo. Allí estaba su pluma fuente, con la que me enseñó a escribir con su estilo, de ‘garigoleada’ letra. Además, su colección de revistas “Mapa” dedicadas a mostrar los sitios de paseo para turistas, y las “Selecciones” y “Sucesos” con historias fascinantes e increíbles, y sus fichas redondas y heptagonales que solo valían en la tienda de raya de Villa de la Paz. Había otras cosas que mi abuelo sabía que me gustaría guardar y aún hoy atesoro. Pero, hubo un cuadro de la Virgen del Sagrado Corazón, destinado a una tía. Nadie lo movió durante años de su sitio, en un punto destacado en el rincón que mira al patio. Cierto día, el cordel del que pendía, al fin, de viejo, se rompió. El cuadro de la virgen cayó, rompiéndose su vidrio protector. ¡Cuál sería mi sorpresa! El cuadro tenía dos vistas. La oculta tras el de la Virgen, era el de una imagen, de una imagen que me trajo a mi mente todos los recuerdos que de aquella plática vespertina con mi abuelo.

Era el cuadro de una dama sola. Tenía una pose como de quien al mismo tiempo parece que ora y bendice a alguien; como que busca fuera del cuadro a alguien, para abrazarlo.

La mujer del cuadro era, seguramente de toda una dama. Triste, sí; madre, no sé. Pero era bella… ¡Muy bella!

F I N

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LA VIDA ES MUY CORTA, PERO TAN ANCHA…¡VERDAD?
VALE MAS CONSERVAR POTENCIA
QUE SUBIR LA VELOCIDAD.
BUENO, LO DICEN LA CIENCIA…

LA CRUZ ROJA Y LA ORFANDAD